Nuestra comida nos permite conectarnos a diario con el alma de Chile, expresada en sus sabores y aromas.
Al sentarse a la mesa, uno no sólo se alimenta: se reencuentra con siglos de memoria, con las manos ancestrales que han transformado lo simple en ritual, lo cotidiano en identidad. Cada plato se nutre de nuestros privilegiados ingredientes: los mariscos y pescados de extensas costas, las frutas, verduras y vinos de fértiles valles, las aguas límpidas de la cordillera majestuosa y los fuegos lentos del campo fecundo.
Celebrarla es abrazar una herencia viva, es viajar a las mesas de la infancia e invitar a las nuevas generaciones a cuidar y enriquecer este legado. Es, en suma, festejar a Chile de la mejor manera.
Jorge Ferrando