Jaime Martínez Williams. Así firmaba para que nadie lo confundiera con otro -aunque la verdad- es que era inconfundible. Y no exagero si digo que fue un hombre extraordinario, a quien quise y respeté de manera entrañable como a un segundo padre, porque lo conocí a los quince años cuando comencé a pololear con la Sole.
Aunque se demoró unos meses en aceptarme como yerno, ya al año empezamos a mantener nuestras primeras conversaciones, que se prolongaron por los 43 años de respeto y amistad que alcanzamos a tener. Era el mejor “conversador” del universo, abierto, claro en su exposición, culto y agradable. Solamente no era experto en fútbol. Mi visión sobre él, y la de muchos, es que aparte de la modestia con que sobrellevó su intelecto, logró vivir como un ser humano libre, que nunca quiso militar en ningún partido político, ni bajo ningún carisma religioso específico.
Nació en su casa una noche lluviosa del invierno de 1926, en la que después de un parto difícil, llegó a este mundo parado, y en el que vivió una vida larga y buena. Nulo en el ámbito musical y deportivo (decía que el deporte era una instancia de peligro), se destacó desde niño por su mente prodigiosa, dueña de una impresionante inteligencia que abarcaba cualquier tema que le interesara. Además de una memoria brillante, sus revoluciones cerebrales hacían que tuviera una capacidad infinita para sintetizar y sacar conclusiones cuando el resto de los mortales todavía estaba intentando comprender el tema, y seguirle el tranco intelectual era, por lo menos, desafiante.
Gracias a esa cabeza, y a esa rapidez tanto intelectual como física, porque poseía una capacidad sobrenatural para estar en más de un lugar al mismo tiempo, nunca pidió un empleo, las ofertas de trabajo siempre llegaron en más de una, y no dudaba en aceptarlas todas a la vez.
Estudió en el colegio San Ignacio, destacándose como uno de sus mejores alumnos de su generación. Discípulo de Jaime Eyzaguirre en el ámbito intelectual, y del Padre Hurtado en el espiritual, ambos lo marcaron profundamente con su amistad y cariño. Mi suegro fue abogado de profesión, pero con estudios universitarios de Castellano y Pedagogía, fue también poeta y escritor, viajero, educador, dirigente católico, promotor cultural, periodista y gastrónomo, si es que se puede reducir a tan poco lo que fue una vida extensa y ocupada.
Sólo por recordar algunas de sus labores, y aparte de sus múltiples trabajos de jornada parcial, fundó con sus amigos la revista literaria Amargo, colaboró en Estudios y Finis Terrae, y fue crítico de libros; en el ámbito del Derecho, ejerció primero como abogado junto a su amigo Felipe Larraín y luego un tiempo como Fiscal Militar, Secretario del Juzgado Militar, y auditor y relator interino de la Corte Marcial (donde llevó el Proceso de la Línea Recta, el que se refería al intento de autogolpe de Carlos Ibáñez del Campo).
En el área de educación y cultura, hizo clases en escuelas populares (junto a unos amigos muy católicos crearon seis planteles nocturnos para adultos), en colegios particulares, fue Secretario General de la Universidad Austral, representante en Santiago de la Universidad Católica de Valparaíso, viajó a Francia a estudiar su sistema universitario, fue Presidente del Centro de Investigación y Desarrollo de la Educación, integró el Claustro de la reforma universitaria en 1968, fue Director de la Sociedad Chilena de Planificación y Desarrollo, Director de Educación y luego Secretario General del Instituto de Educación Rural, profesor de Introducción al Derecho y de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, y Decano de la Facultad de Letras de la misma universidad.
Su solidez cristiana y de ayuda a la Iglesia lo llevaron a estar en ello desde muy joven, primero en el Consejo Nacional de la Juventud Católica, luego como dirigente de la Acción Católica para todos los colegios de Santiago -cargo solicitado personalmente por San Alberto Hurtado-, y después como Vicepresidente Ejecutivo del Oficio Central de Educación Católica, Secretario del Instituto de Humanismo Cristiano, y Miembro de la Comisión Universitaria de la Conferencia Episcopal, entre varias otras.
La pasión por las comunicaciones y la política, y por estar siempre en el meollo de la actualidad nacional, hicieron que creara junto a varios de sus amigos la revista Portada y luego la mítica Qué Pasa, de la que fue también director, intentando que la revista, si bien era partidaria de la derecha económica, no dejara de defender los valores de los derechos humanos. Estando a cargo de su dirección sufrió un intento de secuestro por agentes de la DINA al publicar un delito de tortura contra un menor de edad (secuestro que no se pudo llevar a cabo porque se zafó vertiginosamente de su propio abrigo dejándolo en las manos enemigas), y luego un llamado de la Vicaría de la Solidaridad para ser testigo del descubrimiento de los llamados Hornos de Lonquén, algo que lo marcó para siempre y que registró en la frase: “estos son los primeros detenidos desparecidos… aparecidos”. Sus valores cristianos siempre estuvieron, así, por sobre su orientación política, y jamás defendió lo indefendible.
Años después sería Secretario General de la Asociación Nacional de la Prensa, y por mucho tiempo redactor de los editoriales del diario “La Segunda”, acumulando más de 3.000 en total.
Su etapa de experto gastrónomo, primero como acompañante de su señora, que firmaba bajo el seudónimo de “Soledad Martínez” -a quien inculcó el interés por la alta cocina-, también colaborando en conjunto con la Sole, su única hija, en diversos artículos sobre el rubro, y luego brillando con luces propias, hicieron que trabajara al respecto en más de tres medios escritos, hasta pasados sus 90 años. Ya al final, él fue quien decidió su propio retiro tanto del periodismo político como de la gastronomía.
“Mis mejores renuncias” le insistía uno de sus amigos que debía titular su propia biografía, porque fueron infinitas las ocasiones en que renunció por convicción, por mantener sus valores, porque jamás dio su brazo a torcer en los temas que le parecían fundamentales. Y cada vez que quedaba libre, el desahucio era totalmente disuelto en ideas excéntricas para la época como salir del país a dar más de un par de vueltas alrededor del mundo, o en la visita a cientos de destinos extraños y lejanos, junto a la Laura, su mujer adorada por más de 65 años. Volvían a Chile sin plata y sin trabajo, pero cargados de historias y nuevas experiencias culturales y culinarias, y con una seguridad única de que la Divina Providencia proveería. Entre otras cosas, esto nos marcó como familia a nosotros con los niños, y todos heredamos el gusto por los viajes y la comida exótica, entre otras cosas.
Imposible dejar de mencionar a los innumerables amigos que tuvo en tanta vida vivida, la gran mayoría fallecidos antes que él por razones elementales, pero, mantuvo hasta el final un pequeño círculo de hierro, aquéllos con los que -gracias a la pandemia y sus últimos años de viudez en nuestra casa- se veía una vez a la semana por zoom, en reuniones casi secretas, en la intimidad de su habitación hablando con otros cuatro personajes, sus amigos jóvenes (con quince años menos) y a las seis de la tarde en punto cada viernes, para desmenuzar la política contingente, para reírse del mundo y de sus participantes, para elucubrar ideas nuevas y para analizar con seriedad cómo seguir participando y aportando en la cambiante sociedad que veían danzar frente a sus ojos.
Joaquín, Cristián, Fernando y Hernán Felipe fueron de los últimos espectadores que vieron cómo de a poco le fue alcanzando la vejez y la senilidad, cómo se fue apagando lentamente una cabeza que insistía en mantenerse a flote a pesar de sus casi cien años. Igual que el Don Quijote que le gustaba releer en la última etapa, su cerebro en los últimos meses también se le fue secando, pero no por los libros de caballería, sino por exprimirlo hasta el final con la actualidad noticiosa y la ansiedad por seguir trabajando. Nunca dejó el diario, ni las observaciones en su letra pequeña donde anotaba exactamente lo que había que desarrollar a continuación. En esta etapa final, nos recordaba a don Pío del Jappening, -cuando leía el diario e iba tirando los papeles por el aire, o al sombrerero loco de Alicia en los enunciados perfectamente bien elaborados, pero sin ningún sentido lógico.
Pero qué son unos pocos meses en cien años. Un segundo en una eternidad de pensamientos lúcidos, de impresionante trabajo intelectual, espiritual y social. Una vida entera dedicada a absorber el mundo. Como su padre, don Calixto, él también heredó esa facilidad para escribir en lo público y en lo privado, en lo formal y en lo más sensible, como sus cartas y poemas que guardaremos celosamente.
Para terminar, nos queda en la retina sus años finales en nuestra casa, porque ya viudo, estuvo siempre rodeado del tremendo equipo que todos formamos: sus cuatro nietos, la Jacquie (su más fiel y amoroso ángel de los cuidados), la Sole y yo. Esos años con nosotros, fue partícipe de cada celebración, veraneo, conversaciones, desayunos y comidas cotidianas, donde jamás perdió la capacidad de gozar con cada plato nuevo que le preparaba la Sole y con la inconmesurable cantidad de litros de helados que disfrutó conmigo hasta el final.
Ahora, todos esperamos que esté tomando un merecido descanso junto a su Laura querida, en un Paraíso repleto de familia y amigos que lo estaban esperando hace un buen rato.
Santiago, 2025.
Jorge Contreras Wachtendorff.